miércoles, 15 de noviembre de 2017

COMPRADOR A DOMICILIO



Andy Warehouse salió al balcón de su casa, que daba a la calle, y echó un vistazo en derredor. Era domingo al mediodía, y por allí no pasaba nadie. Eso le desesperó.
Entró en su casa y encendió la televisión. No ponían nada interesante. Casi nunca ponen nada interesante; salvo que tengas pasta y puedas permitirte pagar por tener televisión de calidad. Así es como funciona el Sistema: si pagas obtienes algo que se sale de la mediocridad, y si no pagas te jodes con lo que haya. Y así con todo.
Andy apagó la tele y volvió a salir al balcón.
Esta vez distinguió a alguien a lo lejos que venía andando tranquilamente. La cara de Andy se le iluminó de repente. De haber sido perro a su rabo le habría dado «el baile de San Vito».
Estando a pocos metros de distancia, Andy llamó la atención del transeúnte.
¡Eh, oiga, usted! —gritaba Andy desde su balcón—. ¡Estoy aquí arriba!
El transeúnte alzó la vista y vio a aquel tío tan raro haciéndole señas desde el balcón. Luego miró alrededor y, al no ver a nadie, supuso que aquel chiflado se dirigía a él.
Disculpe, ¿habla usted conmigo?
Sí. ¿Cómo se llama?
¿Qué?
¿Cuál es su nombre?
Terence.
Encantado, Terence. Mi nombre es Andy.
Vale.
Por favor, Terence. ¿Sería usted tan amable de subir a mi casa? —propuso Andy.
¿Subir a su casa? ¿Con qué intención? —recelaba el transeúnte, con razón.
Tranquilo, Terence. Puede confiar en mí. No debe preocuparse. Será cosa de cinco minutos, se lo prometo —argumentó Andy, procurando imprimir a su voz un tono lo más tranquilizador posible. Por nada del mundo querría espantar al único ser humano que había decidido pasear por aquella calle secundaria aquel domingo por la mañana. Sólo Dios sabe cuando volvería a pasar alguien.
¿No será usted un pervertido, verdad? —preguntó el transeúnte con cierta inquietud. Justo entonces se percató de lo estúpido de su acción. Ningún pervertido habría respondido afirmativamente a semejante pregunta; son pervertidos, no gilipollas.
Oh, no. Le aseguro que no soy ningún pervertido. Dígame, Terence, ¿cree usted en Dios?
Ah, vale. Ya sé de qué va esto. Es usted un vendedor de Biblias y está intentando colocarme una, ¿no es eso?
No, no. Para nada. Dígame, ¿cree en Dios?
Sí.
Perfecto. Mire, Terence, yo también soy creyente. Por eso, le juro por Dios que si sube a mi casa no le pasará nada malo.
¿Me lo jura?
Se lo juro.
Está bien. Subiré. Pero sólo le dedicaré cinco minutos. Ni uno más.
Se lo garantizo. Espere, yo mismo le abriré la puerta del portal desde aquí. Luego coja el ascensor hasta mi casa. Yo vivo en el 2º Izquierda.
Terence se acercó hasta el portal. Se oyó un chasquido y la puerta cedió. Empujó la puerta y entró en el edificio. Tomó el ascensor y subió hasta el segundo piso.
Al salir del ascensor vio a Andy que le aguardaba en el rellano.
Buenos días —Andy estrechó la mano de Terence—. Por favor, tenga la amabilidad de pasar a mi casa.
Terence entró en la casa seguido por su anfitrión. Ambos accedieron al salón. Andy indicó a su invitado que tomase asiento en el sofá, mientras él se acomodaba en uno de los mullidos sillones.
¿Qué tal se encuentra usted? —se interesó Andy.
Para serle sincero, algo desconcertado.
¿Desconcertado?
Así es. Aún no tengo muy claro el porqué estoy aquí.
¡Y quién lo sabe! La Humanidad entera lleva desde los albores de la civilización haciéndose esa misma pregunta. Cientos de filósofos y pensadores a lo largo de los siglos intentando sin éxito responder a las mismas preguntas: ¿quiénes somos? ¿de dónde venimos? ¿hacia dónde vamos?
Me refería a porqué estoy aquí, en su casa —matizó Terence.
Ah, eso. Disculpe —dijo Andy—. Tiene usted razón. Debería haber empezado por ahí. Le he hecho llamar porque quiero que usted me venda algo.
No entiendo.
Soy un comprador a domicilio —dijo Andy.
¿Perdón?
He dicho que soy un comprador a domicilio. Usted vende y yo compro.
¡Pero yo no tengo nada que venderle! —dijo Terence preso del desconcierto.
¿Qué me dice de su reloj de pulsera?
¿Mi reloj?
Así es. Su reloj. ¿Me lo vende?
Atrasa —argumentó Terence.
Casi mejor. Así no tendré la sensación de que se me escapa el tiempo. Al contrario, será como si me regalasen un tiempo extra. Como en un videojuego. ¿Cuánto pide por él?
Lo siento. No está en venta —dijo Terence, rotundo.
¿Porqué no?
Porque lo necesito.
¡Pero si atrasa!
Da igual. Lo necesito igualmente.
Amigo Terence. ¿Le puedo llamar «amigo»?
No.
¿Enemigo, entonces?
Tampoco. Usted no me ha hecho nada malo, y nada me hace pensar que albergue intención de hacerme daño o desearme algún mal. Así que no puedo considerarle mi enemigo.
Está bien. ¿Qué tratamiento desea que le dispense?
Llámeme Terence a secas.
De acuerdo. Escuche, Terence a secas, ¿podría explicarme porqué cree que necesita un reloj?
Muy sencillo. Necesito saber qué hora es en todo momento. Me rijo por unos horarios; para levantarme de la cama por las mañanas; para coger el autobús; para llegar tarde a la oficina; para hacer una pausa y almorzar; para salir pitando a mi hora, llegar a casa y ver los programas de mierda de la tele; no tengo pasta y no puedo permitirme gastar dinero en canales de pago, ¿sabe usted?; para controlar el tiempo de cocción de unos huevos pasados por agua. En fin, necesito medir el tiempo. Como todo el mundo. Por eso necesito mi reloj.
Andy comenzó a aplaudir.
¡Bravo, Terence a secas! Su presentación ha sido tan elocuente que ha avivado en mí el deseo de comprarle su reloj. Pagaré lo que me pida. ¿Le parecen bien cincuenta euros?
Ya le he dicho que mi reloj no está en venta.
¿Cien?
No.
¿Ciento cincuenta? ¿Doscientos, quizás? —insistía Andy.
No. Olvídelo.
Es bueno negociando, Terence a secas. De acuerdo. Olvidemos el reloj. ¿Qué me dice de su traje?
¿Mi traje?
Tiene buena pinta. Parece caro.
Pues no lo es. En absoluto. Lo compré en unos grandes almacenes. En rebajas.
Vamos, Terence a secas. Contribuya un poco, ¿quiere? Sólo le pido eso —rogó Andy.
Lo siento, pero no sé mentir. Se me da fatal mentir. Precisamente por eso sé que jamás podré hacer carrera en política. Carezco de «aptitudes».
Está bien. Olvidémonos del traje. ¿Tiene usted enciclopedia en casa? Ya sabe, una de esas enormes enciclopedias de treinta y tantos volúmenes que hay que actualizar cada uno o dos años con nuevos volúmenes.
No. Lo siento. Yo suelo tirar de la Wikipedia.
Dichoso Internet.
¿No le gusta Internet?
No. No me gusta. Lo odio. Odio comprar desde mi casa a golpe de click. ¡Con lo enriquecedor que resulta establecer una relación cara a cara comprador-vendedor! ¿No le parece que estamos disfrutando de una agradable mañana de domingo aquí, en mi casa, intercambiando argumentos en aras a un mutuo beneficio?
Si usted lo dice.
¿Y qué me dice de una aspiradora? ¿Tiene una aspiradora en casa que pueda venderme?
No. No uso aspiradora.
¿Y qué tal una suscripción a La Atalaya o ¡Despertad!?
Tampoco soy suscriptor. Antes le dije que soy creyente, pero mentí. En realidad no suelo pensar mucho en Dios. Siendo honesto, sólo me acuerdo de Él cuando me pillo un dedo con un martillo o tropiezo con algo contundente mientras camino a oscuras por la casa. Y tampoco lo hago de una manera muy «pía», la verdad. Más bien al contrario. Ah, también me acuerdo de Dios cuando llego al orgasmo.
Un momento, ¿se acuerda de Dios cuando llega al orgasmo? —se interesó Andy.
No sé de qué se extraña —dijo Terence—. Le pasa a mucha gente. ¿A usted no?
No lo recuerdo. Hace tanto tiempo que no practico sexo que estoy a punto de establecer un nuevo récord de abstinencia sexual.
¡Ya será para menos!
Mire allí —Andy señalaba con el dedo un cuadro colgado en la pared del living. En él se enmarcaba un diploma con el siguiente texto: «DIPLOMA concedido a Andy T. Warehouse Jr. en reconocimiento a su abstinencia sexual por un total de 14 años, 3 meses y 12 días sin tener relaciones sexuales de ningún tipo; ni tan siquiera una triste paja».
El asombro de Terence se hizo evidente en su expresión.
¿De verdad se ha pasado catorce años sin tener relaciones sexuales de ningún tipo?
Así es.
¿Ni una triste paja?
Ni.
Vaya. No sabía que alguien pudiese estar tanto tiempo sin tener relaciones sexuales. Tampoco tenía constancia de que se expendiesen ese tipo de diplomas. ¿Y qué te dan si llevas más de quince años sin tener sexo?
Un carnet para ejercer de crítico literario —dijo Andy.
Me toma el pelo.
En absoluto. ¿No ha leído nunca una crítica literaria profesional? Le invito a que lo haga. Es mala hostia en estado puro.



20 comentarios:

  1. Qué tipo más rarito, pero tampoco anda mal en eso de socializar con el resto del mundo, algo que por desgracia está cada vez más desvirtuado.
    Yo si tengo una aspiradora en casa para vender, reloj no que no uso, ;) Que me llame y así charlamos un ratito, jeje
    Muy bueno Pedro, me has hecho reír y eso siempre te lo agradezco.
    Un beso.

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    1. Hola, Irene.

      ¿En serio no usas reloj? ¡Wow! ¿Y cómo sabes cuándo es la hora del té? Seguro que tienes un sistema súper chulo de esos que con sólo mirar al sol y calcular su posición sabes exactamente qué hora es en cada momento. Lo jodido es calcular la hora por la noche. Aunque, ¡no me digas que también tienes un sistema para calcular la hora por las noches! ¿Y durante un eclipse? ¿Eres capaz de saber la hora exacta? Madre mía, si antes te admiraba, ahora te admiro mucho más. Me tendrás que enseñar algunos trucos, Irene. Mírame a mí, que ni siquiera sé distinguir los cuatro puntos cardinales. ¡Qué desastre de tío! : (

      Ya si eso me pasas tu número para dárselo a Andy y que te llame. Seguro que le interesa tu aspiradora. Aunque, sabiendo cómo es él, me da la impresión de que más que por teléfono querrá que vayas a su casa. Ve acompañada, por si acaso. Que estos tíos de mis relatos nunca se sabe por dónde te van a salir. :P

      Un beso, chiquilla. Y gracias por pasarte y comentar. : )

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    2. Creo saber porqué está tan solitaria a calle donde vive Andy. La gente rehuye pasar por allí, especialmente los domingos, no sea que este se asome y les vea, jajaja
      Muy buena idea la que invertir la situación. La vida al revés resulta todavía más absurda.
      Siempre tan agudo y ocurrente.
      Un abrazo, amigo Pedro.

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    3. Hombre, de ser como tú dices seguro que habrá quien se dé un garbeo por allí a ver si pilla al bueno de Andy. Estamos viviendo unos niveles de incomunicación y aislamiento tales que, como esto siga así, acabaremos por darle la chapa hasta a los comerciales de las compañías telefónicas que llaman a deshoras para intentar colocarte uno de sus contratos. Y si no, tiempo al tiempo.

      Gracias por tu buena consideración hacia mis letras, Josep. Un abrazo.

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  2. Absurdas situaciones y peculiares personajes, siempre prendes la sonrisa en el rostro.
    Me alegra leerte.

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    1. Gracias, Marijose.

      Celebro que mis letras consigan evadirte de los millones de problemas que nos asolan en nuestro día a día.

      Por cierto, espero que estés mejor de lo tuyo. No resulta fácil convivir con el dolor a diario. Lo sé por experiencia. Desde aquí te mando un fuerte abrazo. Gracias por leer y por comentar.

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  3. Se me escapó sola la sonrisa cuando Andy le comentó que es un "comprador a domicilio"... Aaah las cosas extrañas que hacemos para sobrevivir a los domingos. La gente normal duerme siesta o se emborracha hasta perder la consciencia jaja

    Ingenioso, Pedro. Y quedé con gusto a poco, creo que la historia tiene potencial para desarrollarse más.

    Saludos salados!

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    1. Saludos, Julio David.

      Muy cierto, las cosas extrañas que hacemos para sobrevivir a los domingos. Ja.
      Hay una canción del grupo de rock español Barón Rojo que se titula: "Los domingos son muy aburridos". Cuando salió, en 1988, nos hizo mucha gracia a mis colegas y a mí, ya que pensábamos exactamente lo mismo: que los domingos eran muy aburridos.

      Gracias por tus palabras, Julio David. Un abrazo, amigo.

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  4. Entiendo que Andy odie Internet, es el mayor culpable de la poca socialización en el mundo. El otro día estaba con tres personas más que acababa de conocer, y los tres con el móvil en la mano. Yo los miraba fascinada, mientras ellos comentaban que no dejaban el móvil nunca, que vaya enganche y demás. Pero todo eso sin soltar el móvil. Me parece digno de estudio.
    El buen hombre solo quería socializar, pero vamos demasiado bueno para llevar tanto tiempo sin sexo, debe de ser para volverse loco.
    Yo como Irene no uso reloj de pulsera, pero tengo un reloj de ccina naranja muy mono.
    Un besillo.

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    1. Hola, María.

      A mí personalmente me parece una falta de respeto y una desconsideración el hecho de "no estar" con alguien que tienes delante por estar pendiente del dichoso móvil.
      Mira, yo no tengo móvil. No he tenido jamás uno. Y créeme, se puede sobrevivir sin él. Y, ¿sabes qué? Cada vez que voy a un sitio (la consulta de un médico, el taller del coche, etc.), y digo que no tengo un móvil donde poder localizarme, siempre, pero siempre, la persona que me lo pide me mira con una medio sonrisa y me dicen: "Tú sí que sabes". Y me lo dicen con una expresión extraña en su mirada, como si de manera subliminal me estuviesen diciendo: "¡No sabes cuánto te envidio! Disfruta de tu libertad mientras puedas". No entiendo cómo un simple aparatejo es capaz de condicionarnos tanto. Eso sí, saca fotos chulas. Sólo por eso igual me pillaría uno. ; )

      Catorce años sin sexo, casi quince. ¿Te imaginas? Normal que los críticos hagan esas críticas tan destructivas de los libros que leen. :P

      Un besillo, María. Y gracias por la visita. : )

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  5. Un fantástico relato, un humor surrealista que engancha y que sirve de envoltorio a unas críticas sociales más o menos veladas, je, je, je... Bueno, me pasa como a Irene, tampoco uso reloj, ni móvil. Mi vida es tan rutinaria que me guío por la luz del sol, los paneles del metro o los relojes de las cafeterías. Muy bueno, Pedro. Felicidades y saludos!

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    1. Saludos, David.

      Te agradezco tus palabras. Has definido perfectamente mi estilo: "Humor surrealista que engancha y que sirve de envoltorio a unas críticas sociales más o menos veladas". Oye, si decido utilizar esa definición en el futuro, ¿me cobrarás derechos de autor? No me gusta robar (no soy político), por eso prefiero negociar. Y en caso de que tu respuesta sea afirmativa, ¿hay descuento por ser autor autopublicado, o lo que es lo mismo, "autor más pobre que las ratas"? Ya si eso me dices. ; )

      Pues si ya sois dos los que no usáis reloj, habrá que ir pensando en prescindir de semejante artilugio. Al menos me ahorraré lo del dichoso cambio de hora dos veces al año (y que me diga alguien dónde demonios se ahorra con el cambio de hora, porque yo sigo pagando lo mismo por el recibo de la luz, leñe :P ).

      Muchas gracias por pasarte por aquí, David, y gracias por tus generosas palabras.

      Un saludo.

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  6. ¡Hola Pedro! Vengo de leer la "no"reseña de Irene y me dieron ganas de conocer tus textos.
    Tiene razón, son hilarantes, con un humor filoso, crítico y ese toque absurdo que hacen que salgan de lo común.
    Te felicito y espero que puedas vender muchos libros, que llegue hasta tu casa alguien como Andy con el gusto de entablar una relación comprador-vendedor personalizada.
    El final está buenísimo ¡my God! pienso lo mismo de los críticos literarios y se lo dije a Irene.
    Cordiales saludos desde Buenos Aires.

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    1. Bienvenida, Mirella.

      Te agradezco tu generoso comentario acerca de mis letras, del mismo modo que agradezco tus buenos deseos en relación a las ventas de mis libros.

      Yo, debo decirlo, no estoy del todo de acuerdo con mi personaje Andy en relación a Internet. Hay cosas malas, es cierto, pero también hay cosas maravillosas, como la posibilidad de poder compartir escritos y establecer relaciones lector-creador desde los más diversos rincones del mundo a golpe de click. Por eso agradezco a este milagro de la tecnología, aún con sus cosas malas, a que mis letras consigan hallar eco más allá de la máquina de escribir en la que fueron concebidas.

      Bueno, ahora ya sabes el porqué de ciertas críticas un tanto ácidas de ciertos "críticos profesionales". Seguro que en el salón de sus casas muestran orgullosos su "Diploma". ; )

      Cordiales saludos y una calurosa bienvenida para ti también, Mirella. Pásate por aquí cuando quieras.

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  7. Un placer encontrarte aunque leo poco mi admiracion por tu blog

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    1. Saludos, Recomenzar.

      Gracias por contarme entre tus pocas lecturas, Recomenzar. Y gracias por todas esas otras veces en que has dejado tu huella por aquí. Te lo agradezco.

      Un saludo.

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  8. ¡Fantástico, señor Fabelo! Como siempre...
    ¡Cuánto tiempo sin leerle! Hoy le eché de menos y lo busqué; necesitaba reír y, como siempre, sus historias me sacan una sonrisa; una buena sonrisa. ¡Gracias!
    Un saludo,
    Ilde Guerrero.

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    1. Querida Ilde, he de decir que tu comentario me ha dejado un sabor agridulce. Me explico.
      Primero la parte dulce: el que alguien me eche de menos hasta el punto de buscarme porque necesita reír, escapar de la rutina y el agobio del día a día, me hace muy feliz. Doblemente feliz si, como tú misma dices, mi relato ha conseguido satisfacer esa necesidad. Me alegra saber por ti que lo he conseguido.
      Ahora la parte amarga: me tratas de usted, y eso no sólo le añade gravedad a nuestra relación autor-lectora, sino que encima me añade años. ¿Tan mayor me ves? Dime la verdad. Confío en tu honestidad. ; )

      Ahora en serio; ya sabes, porque me conoces "de viejo", desde aquellos lejanos días en que compraste mi primer libro de relatos (¿Creías que lo había olvidado? Pues no. Y ahí está la foto que tan cariñosamente me hiciste llegar y que tan gustosamente tengo expuesta en mi galería de AMIGOS Y LECTORES para recordármelo); decía que siempre que puedo me gusta tomarme las cosas con humor. Mejor reír que llorar, ¿no?

      Por último, yo te doy las gracias a ti. Por tu tiempo, tu complicidad y tus ganas de reír. Así que cuando quieras, ya sabes dónde estamos.

      Un saludo, Ilde.

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    2. ¡Buenos días, señor Fabelo!
      ¡Ups.., perdón!
      Empiezo otra vez...

      ¡Buenos días, Pedro! ;)

      Disculpa, por favor, una vez más, mi rara costumbre de llamar a la gente de usted. (Creo que tengo un serio problema con las formas..: ¡me pueden! ö) No lo hago con maldad, ni porque te vea mayor; no tengo muchos años menos que tú... simplemente, me sale así: ¿me perdonas? ;)

      Cierto es que hacía mucho tiempo que no visitaba tu blog; me ha encantado retomar mi vieja costumbre: gracias por tus, siempre agradables, relatos. El de Essex me llamó especialmente la atención; no hace mucho dejé nuestras Isalas Afortunadas para mudarme muy cerquita del condado de Essex; vivo en el condado de Norfolk.

      Espero seguir leyendo buenos relatos como los que leí ayer..:¡no hay peor cosa que retomar antiguos vicios!... pero sienta tan bien..;)

      Un abrazo,
      Ilde Guerrero

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    3. Hola, Ilde.

      Encantado de saludarte de nuevo. No sabes cómo te envidio. Y no sólo porque tengas unos años menos que yo, sino por tu valentía para hacer las maletas (no sé si obligada por las circunstancias o por ganas de dar un giro a tu vida y emprender una nueva aventura en otro lugar, con otras gentes, otro idioma, otras costumbres y otro clima, ciertamente). Te envidio porque vivir en Inglaterra ha sido mi sueño desde que era un adolescente. Pero mi pobre conocimiento del idioma inglés y mi extrema cobardía han contribuido de manera decisiva a no ver cumplido ese viejo sueño. Ojalá algún día consiga vencer ambos obstáculos y consiga subirme a un avión rumbo a mi sueño de jovencito.

      Te agradezco tu sentido del humor. Me encanta poder mantener con alguien una conversación que se aparte un poco de la rigidez de los convencionalismos. A bastantes reglas absurdas debemos someternos en el día a día, ¿no te parece? Por eso agradezco estos pequeños paréntesis, estos pequeños momentos de anarquía en el que nos cargamos todas las reglas de un plumazo y simplemente somos dos personas conversando tranquilamente.

      Por cierto, Ilde, si te apetece leer algunos relatos de humor totalmente gratis, tienes a tu disposición dos enlaces a mis libros en el apartado del blog MIS LIBROS. Pinchando en cada uno de ellos puedes acceder a unas treinta páginas de cada libro. Sé que el primero lo compraste en papel, pero igual no lo tienes en Norfolk y te apetece leer algo para recordar lo gran escritor que soy (soy grande, no te miento, mido 1,86).

      Yo espero seguir contándote como asidua visitante al blog. ¿Leerme es un vicio? ¿De veras? Uhm, interesante. Me sorprendes, Ilde. Me siento halagado. ; )

      Un abrazo, Ilde. Te mando un poquito de calorcito desde esta tierra nuestra (pero solo un poco, que la calima lleva unos días dando por saco y ya sabes lo fastidiosa que puede llegar a ser. Supongo que la calima será una de las pocas cosas que no echarás de menos de nuestras queridas islas. ¿O no?).

      Cuídate, y abrígate, por Dios. Que por esos lares las corrientes son algo chungo.

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