jueves, 19 de octubre de 2017

EL RATÓN Y EL ELEFANTE


Sonó el teléfono. Lo cogí.
¿Diga?
¿Señor Bruckner? ¿Hans Bruckner?
Sí. Soy yo —dije—. ¿Qué desea?
Mi nombre es Franz Bornemann. Le llamo del banco. Su banco. Señor Bruckner, le llamo porque nos debe usted dinero. Mucho dinero.
Si. Es cierto. ¿No es maravilloso? —dije.
¿Perdón?
Digo que es maravilloso deberles yo tanto dinero a ustedes —repliqué en tono jovial.
Me temo que no lo entiende, señor Bruckner. Le estoy hablando de una cantidad bastante respetable de dinero.
Sé cuánto les debo. Y sí, tiene usted razón. Realmente se trata de una cantidad bastante respetable de dinero.
¿Y qué piensa hacer al respecto? —dijo aquel tipo.
¿Quién? ¿yo?
Sí. Usted.
Nada —dije yo—. No pienso hacer nada.
Oiga, señor Bruckner, ¿es impresión mía o se está usted burlando de nosotros?
No. No es impresión suya. Me estoy burlando de ustedes —admití.
Disculpe, pero no estoy seguro de entenderle. ¿Está usted bien?
Déjeme que le diga algo. Tengo cincuenta y seis años. Hace cinco me quedé sin empleo. La empresa para la que trabajé durante más de treinta años había cerrado obligada por la crisis que gente como ustedes en connivencia con los políticos contribuyeron a crear. Busqué trabajo. Entregué cientos de currículums en cientos de lugares diferentes. Pero al parecer no había trabajo para alguien como yo. Pedí ayuda. Rellené un sinfín de formularios y solicitudes. No sirvió de nada. Nadie me ayudó. Ni gobierno, ni sindicatos, ni asociaciones pro derechos civiles, ni amigos, ni conocidos. Nadie. Me vi solo. Solo y desamparado.
Lo lamento, pero...
¡Cállese! Ahora me toca hablar a mí. Cuando le toque hablar a usted, hablará. Mientras tanto, ¡cierre el puto pico!
El tipo al otro lado del hilo telefónico guardó silencio.
Con el paso de los meses comencé a sufrir insomnio. La angustia no me dejaba dormir. Me pasaba las noches en blanco, con los ojos abiertos de par en par y mirando al techo de mi dormitorio. Una noche en que no podía dormir tomé una decisión: decidí aprovechar el tiempo. A la mañana siguiente fui a la Biblioteca Pública, cogí un libro de una de las estanterías de informática y me lo empecé a leer allí mismo. Aquel libro, escrito por un afamado hacker informático, me enganchó tanto que al final me lo llevé a casa. Como carecía de electricidad en casa, cortesía del monopolio energético, me veía obligado a encender una vela por las noches para poder seguir leyendo aquel instructivo libro. Aprendí mucho leyendo aquel libro, ¿sabe? Y entre las cosas que aprendí hubo una que me llamó mucho la atención: «Un simple ratón puede hacer tambalear a un elefante».
¿Qué tiene que ver todo eso que me está contando con el hecho de que nos deba usted tanto dinero?
Aún no lo has entendido, ¿verdad, capullo?
¡Oiga, no le consiento...!
Me importa una mierda que me consientas o no. Mira, te ahorraré tiempo. Esta vez he sido yo quien os ha estafado a vosotros.
¿Cómo ha dicho?
No pienso devolveros ni un céntimo. Ya podéis dar por perdido el dinero que os he robado.
Responderá ante la Ley.
¿Qué ley?
Acerqué la pistola. Respiré hondo y apreté el gatillo. Se oyó una fuerte detonación.
¿Señor Bruckner? Oiga, ¿está usted ahí? Oiga. ¡Hijo de puta! —oí gritar a aquel tipo al otro lado del hilo telefónico.
Colgué el teléfono. Cogí la pistola de fogueo y la metí en su caja. Abrí el portátil, accedí a Internet y activé aquel programa informático mediante el cual conseguí borrar todo rastro de mi teléfono móvil. De nuevo volvía a ser invisible a los ojos del Sistema.
El reloj marcaba las once de la noche, hora local. Fui a la cocina y me serví un bourbon con hielo. Luego salí al porche y me acomodé en la tumbona. Miré al cielo estrellado y quedé absolutamente maravillado ante tan bello espectáculo.
Siempre quise vivir en una isla tropical. En una casita repleta de libros en mitad de la nada. Y ahora, bajo un nombre falso y más dinero del que podría gastar en diez vidas, había llegado al fin el momento de disfrutar realmente de la vida.
Fijé la mirada en una estrella fugaz que justo en ese instante cruzó el ancho cielo. De repente, un pensamiento me vino a la cabeza: «Un simple ratón puede hacer tambalear a un elefante».
Brindé por ello. Luego cerré los ojos mientras en mi rostro esbozaba una sonrisa de plena satisfacción.



16 comentarios:

  1. Por un momento pensé que se había suicidado. Qué buen final, Pedro.
    Por supuesto, un ratón puede hacer tambalear a un elefante jeje
    Un abrazo!

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    1. ¡Supersecretarywoman! : )

      No soy tan cruel, mujer. Bueno, a veces sí, pero no con los personajes que me resultan simpáticos. Mejor reservar esa crueldad para quien sí se lo merece, como cierto blog de cuyo nombre no quiero acordarme...ejem. ; )

      Un abrazo, Supersecretarywoman. Y gracias por la visita. La próxima vez sacaré unas pastitas y haré café. : )

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  2. Que buena historia, Pedro. Ya quisiéramos unos cuantos hacer lo mismo!!! Cuál era el libro?

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    1. Muchas gracias, Mirna. : )

      Estoy contigo, creo que seríamos muchos los que nos apuntaríamos a esa revolución. Sin derramamiento de sangre, sin violencia, sólo haciendo uso de la inteligencia y el ingenio. Utópico, ¿no?

      ¿El libro? ¿Crees que sería prudente dar el nombre aquí, en público, con la de elefantes que hay mirando? Uhm, no sé, no sé...

      Un abrazo. Y gracias por la visita. : )

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  3. Como muchos sigan ese ejemplo, se hundirá el sistema bancario mundial, jajaja
    Un abrazo.

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    1. Saludos, Josep Mª.

      Por desgracia ya se encarga la realidad de abofetearnos cada mañana al levantarnos de la cama. Así que, aunque sólo sea para no ceder a la locura, ¿por qué no soñar con que otro mundo es posible? Por soñar que no quede, ¿no?

      Un abrazo, Josep. : )

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  4. Entonces para dejar de ser pobre, debo aprender a ser hacker. Gracias por darme la pauta, Pedro jeje Aunque da una flojera infinita, debo reconocerlo. Más fácil es llenarse los bolsillos siendo político.
    Saludos salados.

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    1. Saludos, Julio David.

      ¿Me admites un consejo? Mejor métete en política. Así, si te pillan, tienes más posibilidades de no llegar a pisar la cárcel. ; )

      Un saludo. Y gracias por la visita. : )

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  5. Pedro, es buenísimo este relato.
    Al principio me entró automáticamente la risa por lo jocoso de la situación, pero cuando el cliente del banco explica la situación tan desesperada que lo llevó a buscar venganza, se me congeló la sonrisa en los labios por lo duro y realista del asunto.
    Ojalá todos los que están en circunstancias parecidas tuviesen la suerte y el ingenio para jugársela con tanto arte a los bancos. Estaríamos en un mundo mucho más justo, sin duda.
    Un abrazo.

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    1. ¡Hola, Sofía!

      En ocasiones, por mi tendencia natural a escribir relatos impregnados de humor -en mi humilde opinión, algo imprescindible para poder sobrevivir en el mundo actual-, cuando me salgo de esa temática y escribo algo en un tono diferente suelo pillar totalmente desprevenido al lector. Eso puede ser hasta positivo, ya que, ¿a quién no le gusta que le sorprendan, literariamente hablando?
      Por fortuna, he tenido la gran suerte de que cada vez que he publicado algo que se sale de mi estilo habitual ha obtenido una muy buena acogida, lo que me satisface enormemente, ya que me invita a pensar que lo que prima en el lector es la historia en sí y no el estilo en el que ha sido escrita.

      En cuanto a la pieza en sí, celebro que te haya gustado. Como decía mi admirado Woody Allen: "Odio la realidad, pero es el único sitio donde uno puede comerse un buen bistec". Así que, de momento, debemos conformarnos con la realidad, y seguir soñando y creando para no volvernos demasiado locos. ; )

      Un abrazo, Sofía. Y gracias por la visita. Se agradece. : )

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  6. uy interesante como escribes las letras de tu vida en tu blog
    un placer el haberte hallado

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    1. Muchas gracias, Recomenzar.

      Agradezco que te hayas pasado por aquí, que hayas leído mi pieza y que la hayas comentado. Un placer que te haya gustado.

      Saludos.

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  7. Tipo listo, di que sí, lo que le pediría es que nos enseñe unos truquitos al resto de los mortales, a ver si así se expande una plaga de roedores, ;)
    Un estupendo relato, Pedro.
    Besos, y feliz tarde.

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    1. Ains, Irene, con el aprecio que te tengo, yo no quiero que te metas en líos, mujer. Mejor vivir una vida tranquila y apacible lejos de la angustia y el estrés.
      Ojalá no hubiera "elefantes" ni "ratones", y que todos pudiésemos vivir la vida que merecemos sin tener que pisar a nadie por conseguirla. Ojalá. Pero como ese mundo no existe, tendré que inventármelo, ¿no? : (

      Gracias, Irene. Besos y feliz tarde para ti también. ; )

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  8. Hola Pedro.
    “Cómo derrumbar al elefante sin morir en el intento”, podría ser el título de “algo” inspirado por tu escrito.
    La frase repetida por mí hasta la saciedad dice: “Me gustaría vivir en el pico de un monte”. Hoy, después de leer tu relato y ver la foto de la “casita” que lo ilustra, he llegado a la conclusión de que no hace falta alejarse tanto. Imaginando que estoy en su interior, emulo a tu personaje “esbozando una sonrisa de plena satisfacción”.
    Es bueno saber que no estamos solos en el intento de conseguir un mundo más justo y mejor.
    Me encanta tu escritura. ¡Enhorabuena, maestro!
    Saludos para todos.

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    1. Saludos, Ana María.

      ¿Maestro? ¿Yo? Debe ser un error. ¡Estos teclados modernos escriben lo que quieren! O igual ha sido cosa del corrector automático. No te preocupes, a mí el corrector también me suele jugar malas pasadas de vez en cuando.

      En cualquier caso, gracias por tener a mis letras en tan alta estima. Como tú bien dices: "Es bueno saber que no estamos solos"; y los que escribimos, sin nadie que nos lea, sólo somos unos soñadores que ponen sobre el papel aquello que sueñan.

      Un abrazo, Ana.

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