miércoles, 23 de noviembre de 2016

RUIDO INSOPORTABLE (A Rock Band Story) Parte 1



La ciudad de Bostezo (Baltimore. EEUU), está considerada por muchos como «la ciudad más aburrida del mundo». Además de ostentar tan dudoso honor, Bostezo es la ciudad de origen de Insupportable Noize (Ruido insoportable, en español), una banda de hard rock y heavy metal folk.
En su único año de existencia (1990) Insupportable Noize llegaron a publicar 72 discos, de los cuales se llegaron a vender un total de 175 copias sólo en EEUU y más de 387 (exactamente 388) en el resto del mundo. Con estas cifras no es extraño que Insupportable Noize esté considerada una de las bandas menos influyentes de su generación, e incluso de generaciones anteriores y posteriores a la suya.
En su extensa discografía podemos encontrar auténticos clásicos como «Sex & Rock and roll», «Girls & Rock and roll», «Drugs & Rock and roll», y su gran hit «Rock and roll & Rock and roll».
Los Insupportable Noize tampoco fueron ajenos a la polémica, ya que en su tema de corte satánico «Satan & Rock and roll» —incluido en su tercer LP— se puede escuchar el siguiente mensaje oculto: «Satán el maldito, qué malo es el jodío».
Sobre este asunto existe una enconada controversia, pues mientras unos sostienen que, en efecto, el mensaje dice claramente: «Satán el maldito, qué malo es el jodío», otros opinan que, en realidad, lo que dice el mensaje es «Satán el maldito, qué malo es el judío». La polémica alcanzó tal magnitud que hizo intervenir a la mismísima Liga Antidifamación de Asuntos Judíos Chorras (LAAJCH).
Pero mejor empecemos por el principio.



(El resto de la entrada estará disponible a la venta en un nuevo libro recopilatorio de la colección ABSURDAMENTE).



sábado, 12 de noviembre de 2016

ALGO MÁS QUE AMIGOS (3ª Parte)



Para leer la primera parte del relato pinchad aquí.
Para leer la segunda parte del relato pinchad aquí.

La luz era tenue, casi inexistente. Aún así conseguí hacerme una composición de lugar. Lo primero que observé fue que el local estaba prácticamente vacío, a excepción del barman y un tío de color verde y unos treinta centímetros de altura que estaba sentado en el borde de la barra, con sus minúsculas piernecillas colgándole por fuera.
Avancé unos pasos y ocupé el primer asiento libre que vi. El barman vino a mi encuentro.
¿Qué le sirvo, amigo?
Acabo de tener sexo con mi mejor amiga —admití ensimismado, como en trance.
¡La cagaste Burt Lancaster! —dejó caer el camarero con expresión de sorpresa.
¿Uhm? —yo seguía ido.
¿Has oído eso, Xegnus? —el camarero se dirigía al hombrecillo verde—. Este tipo acaba de tener sexo con su mejor amiga.
¡La cagaste Burt Lancaster! —exclamó el hombrecillo verde.
Eso mismo le acabo de decir yo.
El camarero, en un acto reflejo, sacó una copa limpia de debajo de la barra. Se giró, pilló una botella de whisky de la estantería y me sirvió un trago.
Esto es por cuenta de la casa —dijo—. Beba. Le vendrá bien.
Gracias —dije yo. Y vacié la copa de un trago.
El hombrecillo verde, que en el interín había aprovechado para acercarse hasta donde yo me encontraba, se sentó junto a mí, dejando sus piernecillas colgando al borde de la barra.
Dale otra copa, Mike. Y sirve otras dos. Una para ti y otra para mí —ordenó—. Y ponlo en mi cuenta.
El camarero obedeció.
A propósito, no nos han presentado. Mi nombre es Xegnus X-321 —dijo el hombrecillo verde—. Aunque puedes llamarme Xegnus, para abreviar. Y él es Mike —señaló al camarero con un gesto.
Yo me llamo Norman —me presenté—. ¿Puedo hacerte una pregunta personal?
Sí, claro —dijo el hombrecillo verde.
Tú no eres de aquí, ¿verdad? Me refiero a que no eres de este planeta.
Vaya. No se te escapa una —dijo el hombrecillo verde—. Tienes razón. No soy de aquí. En realidad soy un throgoriano.
¿Throgoriano?
Sí, vengo del planeta Throgoriam. Está situado a unos dieciséis millones setecientos cuarenta y ocho mil trescientos setenta y dos años luz de distancia de la Tierra, aproximadamente, en la Galaxia QX-103.
Ya decía yo que no tenías pinta de neoyorkino —confirmé, orgulloso de mi perspicacia.
Lo cierto es que llevábamos siglos expiándoos, haciendo fugaces visitas a vuestro planeta y provocando breves encuentros con algunos especímenes terrestres para estudiaros un poco y cerciorarnos de que un acercamiento con la raza humana no entrañaría peligro alguno para nuestra especie. Hasta que hace unos tres años o así decidimos que había llegado el momento de integrarnos con vosotros y aprender de vuestras costumbres.
Ah.
Pero, por favor, no nos entretengamos en estas minucias. Mejor centrémonos en lo importante. Estábamos en lo de tener sexo con tu mejor amiga... —recondujo el hombrecillo.
Ah, sí. Pues eso. Me acabo de acostar con mi mejor amiga. Se llama Laura. Nos conocimos hace unos cinco meses en un cursillo de Ofimática para torpes que hicimos juntos.
¿Ofimática para torpes? Uhm. Interesante. ¿Y aprendisteis algo en ese curso? —se interesó Xegnus.
La verdad es que no. De hecho, olvidamos lo que ya sabíamos de antes —admití.
Quizás debisteis haber hecho el de Ofimática para inútiles de mierda nivel lerdo —sugirió él.
Eso mismo pensé yo.
Bueno. Tu amiga. ¿Cómo fue que surgió lo de tener sexo con ella? ¿A quién se le ocurrió la idea, a ti o a ella?
A mí. Si bien en un principio ella se negó. Aunque luego, a los pocos días, acabó accediendo.
Por Dios, muchacho. ¿En qué estabas pensando? La has cagado pero bien. Tener sexo con una amiga lo arruina todo. Y eso lo sabe todo el mundo. Hasta nosotros, en nuestro pequeño planeta de ahí arriba, en la esquinita del Universo, sabemos eso. Es de cajón.
Ahora lo sé. Pero antes de tener sexo con ella lo desconocía por completo. Dime Xegnus, ¿crees que es posible que mi amiga olvide todo lo ocurrido y que volvamos a la situación de antes?
Difícil me lo pones. Déjame que te cuente algo. Una vez, al ducharme, dejé tirados por error unos calzoncillos en el cuarto de baño. Juro por mis ochocientos veintidós dioses que tenía intención de depositarlos en la cesta de la ropa sucia al acabar de secarme. Pero olvidé hacerlo. Pues bien, mi mujer aún me lo recuerda. Y eso que han pasado algo así como el equivalente a ciento dieciséis años terrestres desde entonces.
Joder. El cerebro femenino es inabarcable.
La única forma que se me ocurre para que tu amiga olvide lo ocurrido es borrarle la memoria. Hacerle como un formateo. Como si fuese el disco duro de un ordenador.
Pero, si le borras la memoria, me olvidará. Y yo no quiero eso. Yo no quiero que me olvide. Yo lo que quiero es que me recuerde, que recuerde nuestra amistad, y que volvamos a ser los buenos amigos que éramos antes.
Creo que tengo la solución para eso. Es arriesgado, pero podríamos intentarlo. Lo único que tendríamos que hacer es realizar una copia exacta de su cerebro al disco duro de mi ordenador, luego seleccionamos los recuerdos que queremos conservar mediante un complejo programa informático de mi invención y borramos el resto. Por último, procedemos a formatear su cerebro, y, a partir de aquí, introduciríamos la selección de recuerdos previa.

No sé cómo ni porqué lo hice. Supongo que estaba desesperado. Y cuando uno está desesperado recurre a lo que sea con tal de salir del atolladero.
Total, que aquella misma noche los tres, es decir, Mike el camarero, Xegnus el alienígena y yo, regresamos al apartamento de Laura. Por suerte yo aún conservaba una copia de la llave que ella misma me había entregado un par de semanas atrás.
Conseguimos dejarla en coma con un Grandes éxitos de Michael Bublé. Insufrible.
Sumida en la inconsciencia más absoluta pudimos llevarla sin problemas a la nave de Xegnus. Allí hicimos todo lo que Xegnus nos había explicado en el bar.
Lo mejor de todo es que funcionó. Laura olvidó todo lo sucedido aquella noche, y ella y yo volvimos a ser amigos. Y no sólo eso. Gracias a que Laura disponía de un montón de espacio libre en su cerebro Xegnus aprovechó para instalarle el Sistema Linux, que es de código abierto.
Ahora resulta que la tía es una genio de la informática. Hay que joderse.
«Uhm. Bonita historia».
«Gracias, cerebro».
«¿Qué? ¿Nos hacemos un joint?».
«¿Por qué no?», accedí.
Si es que no tengo fuerza de voluntad, coño.




viernes, 4 de noviembre de 2016

ALGO MÁS QUE AMIGOS (2ª Parte)



Para leer la primera parte del relato pinchad aquí.


Tras el bochornoso episodio en la cafetería Laura y yo estuvimos dos días sin saber nada el uno del otro. Y aunque en esas cuarenta y ocho horas estuve tentado un millón de veces de llamarla por teléfono o contactar con ella vía Facebook, mi cerebro no cesaba de repetirme una y otra vez: «No, tío. No lo hagas. Déjala respirar. Deja que ella dé el primer paso. No la presiones. Respeta su espacio. Las mujeres aprecian mucho que los tíos respeten su espacio. Hazme caso. Dime, ¿lo harás? ¿Sí? Estupendo. Me siento orgulloso de ti y de tu madurez. Créeme, estás haciendo lo correcto. Algún día me lo agradecerás. Bueno, qué, ¿nos hacemos un joint?».
He de decir que mi cerebro es un poco porreta. Y yo, ¿qué queréis que os diga?, me dejo llevar.

Al tercer día recibí un mensaje de Laura en el móvil. Quería verme. Quedamos en que pasaría a recogerla al día siguiente al acabar su jornada laboral.
Cerca de su trabajo hay un parque. El suelo estaba sembrado de hojas marchitas que caían de los árboles, formando un precioso alfombrado anaranjado que contrastaba con el verde del césped y el marrón de la tierra húmeda que delimitaba las zonas transitables.
Nos sentamos en un banco de madera roído y desgastado en cuyo espaldar un sintecho había inscrito con una navaja: «Este es mi banco. Y cada día el de más gente», en clara alusión a un conocido anuncio de televisión de una entidad financiera.
El chiste me provocó una sonrisa.
Verás. He estado pensando en lo que me dijiste... —dijo Laura.
La sonrisa se me borró de golpe.
Oh, vaya. Olvídalo. De verdad. Lo último que querría...
Déjame hablar. Por favor —me cortó ella.
Está bien. Habla.
Que sí —dijo.
Que sí, qué —dije yo.
Que me gustaría intentarlo contigo.
La miré fijamente a los ojos. Tenía unos ojos marrones preciosos. Me llamó la atención la capacidad del amor para transformarlo todo, hasta el punto de hacerte ver cosas que antes se te pasaban totalmente inadvertidas.
Tus ojos...¿siempre han sido marrones? —apunté.
¿Qué? —dijo ella.
He dicho que si tus ojos siempre han sido marrones.
¿En serio me preguntas si mis ojos han sido siempre marrones?
Pues sí.
Pues no. No siempre han sido marrones —dijo ella con manifiesta naturalidad.
Ah.
De hecho, cambian de color constantemente. Incluso en el mismo día.
Curioso.
Totalmente. Fíjate, a lo mejor una mañana me levanto y, al mirarme en el espejo, veo que mis ojos son verdes, y a la hora de comer, ¡zas!, de repente son azules, y luego, por la noche, después de cenar e ir al cuarto de baño a cepillarme los dientes, ¡zas!, son amarillos con ribeteados verdosos. ¿Qué te parece?
Interesante —dije con sincero asombro.
¡¡¿Es que te has vuelto gilipollas o qué?!! —se revolvió indignada. Su reacción me desconcertó.
¡Joder!, ¿qué pasa? ¿Qué he hecho ahora? —me defendí.
¡Mis ojos son marrones! Ma-rro-nes. Siempre. A todas horas. Desde que me levanto hasta que me acuesto. ¡Menudo enamorado de mierda estás hecho tú, que ni siquiera eres capaz de recordar el color de los ojos de tu amada!
Aquella última frase consiguió picarme en el orgullo.
Tampoco es para que te pongas así, la verdad. A ver, sabía que eran marrones, pero ignoraba que tuviesen esa tonalidad color miel. Igual es la luz de la tarde, no sé...
Da igual. Sigues siendo un desastre como enamor...
Me acerqué a ella y la besé mientras sostenía delicadamente su rostro entre mis manos. Nunca antes había besado a nadie de aquella manera. Era como si el tiempo se hubiese detenido de repente, como si todo alrededor se hubiese esfumado tragado por un gigantesco agujero negro, como si ella y yo habitásemos en un plano espacio-temporal distinto al resto del Universo.
Fue maravilloso. Eléctrico. Mágico.
Aquella noche tuvimos sexo entre nosotros. Y, para ser sincero, ni fue maravilloso, ni eléctrico, ni mucho menos mágico. Fue una mierda. Un desastre. Una catástrofe.
La cosa está en que mientras lo hacíamos no dejaba de pensar: «¡Oh, Dios mío, estoy follando con mi mejor amiga! Joder, joder, joder. ¿Qué demonios estoy haciendo? ¿Qué demonios estamos haciendo los dos? ¿A quién se le ocurre «joder» así una amistad?».
Esta última frase me resultó tan original y tan bien traída que me empujó a felicitarme mentalmente por ello.
«Muy buena tu frase».
«Gracias, cerebro».
«Qué, ¿nos hacemos un joint?», propuso mi cerebro.
«No», contesté yo.
«¿Por qué no?», insistió mi cerebro.
«Joder, ¿es que no ves que estoy en mitad de un polvo?».
«¿Llamas a eso follar?».
«¿Qué insinúas?».
«Nada, nada. Si a eso lo llamas follar, por mí, vale».
«Joder, cerebro, dame un respiro, ¿quieres?».
«¡Me aburroooo!».
«¡Lárgate, joder!».
Aquella estúpida conversación hizo que me descentrase por completo de mi tarea principal, lo cual no pasó desapercibido a mi ocasional amante. Las mujeres tienen como un don especial para percatarse de estas cosas.
¿Te pasa algo? —dijo ella—. Te noto como «ausente».
No. Tranquila. No pasa nada.
No te creo.
De verdad que no me pasa nada.
Si no pasa nada como dices, ¿cómo es que no te «siento» dentro de mí?
Me aparté y me eché a un lado de la cama.
Lo siento, Laura. Estoy hecho un lío. Verás. No sé. Creo que todo esto ha sido un error.
¡¡¿Qué?!!
Creo que todo esto ha sido un craso error.
¿Y me lo dices ahora? ¿Justo ahora? 
No sé qué decir...
¡Ya te vale, joder! Ya te vale.
Laura se levantó echa una furia y se fue al cuarto de baño. Dio un portazo y oí perfectamente cómo pasaba el seguro. El mensaje estaba claro: quería estar sola, así que me levanté, me vestí y salí a la calle.
Caminé sin rumbo en mitad de la noche, perdido y desorientado, tanto física como emocionalmente. Los pensamientos rebotaban de un lado a otro de mi cabeza como una bola en mitad de una reñida partida de pinball.
No sé cuánto tiempo permanecí dando vueltas, la verdad, pues llegó un momento en que perdí la noción del tiempo. Y no sólo la noción del tiempo. También perdí la noción del espacio, pues había llegado a un punto en que no reconocía el lugar donde me encontraba.
Aquellas calles, inhóspitas y desérticas, me parecían todas iguales. Acabé perdido en mitad de no sé dónde.
Encontré un bar abierto. Entré.

(continuará...)