martes, 6 de febrero de 2018

EN QUÉ ANDO METIDO



Saludos. 
      Supongo que muchos de los que os soléis pasar por aquí regularmente os estaréis haciendo la misma pregunta: «¿En qué andas metido, tío?».
Os lo diré.
      Como ya avancé en alguno de los últimos posts que publiqué el año pasado (2017), a finales de diciembre me hallaba metido en la corrección de la que iba a ser la primera de mis novelas en publicar.
Acabada su redacción —al fin—, decidí dejarla reposar un tiempo. Es mi procedimiento habitual. Una vez escribo algo, en este caso una novela, necesito distanciarme de ello lo más posible, hasta casi olvidar por completo lo que escribí. De este modo me aseguro volver a ella con la mente fresca y abierta a la caza y captura de errores ortográficos, redundancias o fallos en la sintaxis.
La cosa está en que en el intervalo decidí aprovechar el tiempo y empecé a trabajar en la redacción definitiva del tercer volumen de la trilogía Absurdamente.
Hasta entonces disponía de una pequeña selección de doce relatos —entre piezas publicadas previamente en el blog y algunas otras inéditas en las que llevo tiempo trabajando—, pero desde hace dos semanas ando metido a fondo en la selección definitiva y corrección de los relatos.
Debo señalar que los textos previamente publicados en el blog han sufrido sustanciosas variaciones con respecto a la versión original. En algunos casos se le han añadido varias páginas, diálogos y personajes nuevos.
He de decir que estoy disfrutando muchísimo el proceso. Al releer algunas de las piezas de más antigüedad —algunas se remontan a mis inicios en el blog, a mediados de 2014—, me estoy sorprendiendo a mí mismo. Habiendo pasado tanto tiempo desde su gestación apenas recordaba nada de lo que escribí entonces. Eso hace que esté afrontando la lectura de esos textos más como lector que como autor, por lo que el placer está siendo doble.
Fiel a mi estilo, estoy cuidando especialmente el orden de las piezas, ya que considero fundamental seguir un orden específico —a base de ensayo y error— que permita que la lectura de mis libros sea una experiencia lo más placentera posible. Soy bastante puntilloso en este punto, hasta el extremo de haber cambiado varias veces el orden a medida que voy añadiendo o quitando textos al proyecto.
Habrá microrrelatos, como en los volúmenes precedentes. Todos ellos han sido especialmente escritos para el libro, por lo que nunca serán publicados en el blog. También he priorizado los textos más largos y, por supuesto, los que considero más logrados y divertidos. Y para rematar, una sorpresa en la que llevo bastante tiempo trabajando y que espero que sea la guinda al pastel.
En fin, que en eso estoy metido últimamente.
Pues nada, sólo quería deciros eso. Vuelvo al tajo, que aún hay mucho que pulir y reescribir. 
Por cierto, feliz año nuevo y todo eso (más vale tarde que nunca, ¿no?).

Un abrazo a todos y a todas, y gracias por seguir ahí. (Ya va para cuatro años...¿podéis creerlo?)



lunes, 25 de diciembre de 2017

DULCE CORAZÓN (Un cuento de Navidad)


Patrick Templeton y Emma Torgeson se conocían desde los tiempos del colegio; habían crecido juntos y juntos permanecieron hasta que ambos se graduaron en Derecho, con honores, en una de las más prestigiosas universidades del país.
Allí, en la universidad, se habían hecho novios, con el beneplácito de sus respectivas familias, y como personas sensatas y cabales que eran planificaron su vida al milímetro: trabajar en el bufete de abogados del que el padre de Emma era socio fundador, adquirir experiencia, renunciar de manera voluntaria a vacaciones, festividades, escapadas de fines de semana y otras sandeces por el estilo e invertir todo ese tiempo y esfuerzo en allanar el camino hacia el éxito personal y profesional. 
Ambos tenían muy claros sus objetivos: construir una sólida reputación profesional, montar su propio bufete antes de los treinta e ir subiendo posiciones en la escala social hasta alcanzar sus metas. Despreciaban de manera indisimulada a las personas desprovistas de ambiciones, sin metas ni objetivos en la vida, y carentes del coraje necesario para hacer lo que haya que hacer para alcanzar esos objetivos. Es decir, despreciaban a todo el que no fuese como ellos. 
Dedicados en cuerpo y alma al trabajo y a sus propias ambiciones personales, en poco más de cinco años ya manejaban algunas de las mejores cuentas del bufete. Su impecable historial de victorias no hacía sino alimentar su fe y su confianza en sí mismos, además de hacer crecer a buen ritmo su prestigio dentro y fuera de la profesión.
Tal y como habían acordado, acabaron por montar su propio bufete antes de cumplir los treinta, llevándose con ellos a todos los clientes que habían defendido en el tiempo que permanecieron a las órdenes del padre de Emma y sus socios.
Patrick y Emma se casaron cuando había que hacerlo, ni demasiado pronto ni demasiado tarde; justo cuando ambos convinieron que había llegado el momento de hacerlo.
Todo iba según lo planeado en la vida del joven matrimonio hasta que Emma se quedó embarazada. El embarazo no fue buscado, hecho que alteró ligeramente los planes de la pareja. Con todo, decidieron asumir el «error», procurando que la gestación de su bebé interfiriese lo menos posible en el plan de ruta marcado.
Nueve meses más tarde llegaba al mundo una preciosa niña de ojos curiosos y sonrisa perenne al que sus padres pusieron por nombre Eugenia Templeton Torgeson.
La llegada de Eugenia obligó a los Templeton a contratar los servicios de una cuidadora a tiempo completo.
El casting de institutrices para la pequeña Eugenia fue exhaustivo y concienzudo. Al final, tras entrevistar a más de medio centenar de aspirantes, los Templeton acordaron contratar a Helga Westermann, una mujer soltera entrada en la cuarentena, de carácter adusto y mirada pétrea como una escultura de mármol.


Eugenia creció ahogada bajo la férrea disciplina marcada por Frau Westermann, quien, ante la total ausencia de los padres, no tardó en adjudicarse el papel de padre/madre/educadora, para desgracia de la niña, pues la agria institutriz no perdonaba una a la pobre criatura.
Con su marcado acento teutón, unido a un carácter extremadamente áspero y autoritario, Frau Westermann obligaba a la niña a estudiar, a comer y a dormir a sus horas, bajo amenaza de severos castigos si no obedecía sus estrictas órdenes y directrices. El carácter dócil de la niña en modo alguno lograba menguar la severidad en el trato que Frau Westermann le dispensaba; más bien al contrario, la alimentaba, como la gasolina alimenta la voracidad del fuego.
Para desgracia de la niña, los Templeton se mostraban encantados con la labor educadora ejercida por Frau Westermann, pues absortos como estaban en sus ambiciosos planes profesionales lo último que deseaban era llegar a casa y ocuparse de la educación de aquella niña que consideraban débil y desposeída de carácter.
En una ocasión, a finales de diciembre, Eugenia preguntó a sus padres durante la cena:
¿Por qué aquí, en casa, nunca celebramos la Navidad?
¿A qué viene esa pregunta, jovencita? —replicó en tono severo la madre.
En casa de mis compañeras de clase todos los veinticuatro de diciembre se celebra la Navidad. Excepto en la casa de Rose Sandler, porque dice que su familia es judía y que los judíos no celebran la Navidad. ¿Nosotros somos judíos?
No —respondió tajante el padre.
¿Y qué somos?
Somos prácticos.
¿Y eso qué es? ¿Una religión?
No, idiota. Nosotros no practicamos ninguna religión. Eso se lo dejamos a las mentes débiles que necesitan creer que alguien vela por ellos desde algún ignoto lugar del universo. Nosotros, en esta casa, la única fe que practicamos es la del esfuerzo y el trabajo duro, porque sólo con esfuerzo y trabajo se consigue aquello que se desea. Lo demás son cuentos para niños, estupideces sin sentido.
¿Qué tienen de malo los cuentos para niños? —preguntó inocentemente Eugenia.
Por favor, Emma, haz llamar a Frau Westtermann y que se lleve a esta palurda a la cama —sentenció el padre.

Con el paso de los años la curiosidad desapareció de los ojos de Eugenia, al igual que su sonrisa. Ignorada por sus padres y abuelos, y atosigada por aquella malvada mujer de corazón de piedra y mirada de hielo, la pobre criatura sólo hallaba consuelo las veces en que se escondía en la cocina y hurgaba en la despensa hasta encontrar alguna tableta de chocolate que llevarse a la boca.
Una noche, de madrugada, Eugenia fue sorprendida en la despensa por Clarisse, la cocinera. La niña, con el rostro manchado de chocolate, comía a escondidas unos deliciosos bombones de origen suizo.
Pero pequeña, ¿se puede saber qué haces aquí escondida? —dijo Clarisse con voz dulce y sosegada.
Eugenia, asustada, rompió a llorar.
Por favor, señorita Clarisse, se lo ruego —dijo entre llantos—, no le diga nada a mis padres. Y mucho menos a Frau Westermann. Me matarían si se enterasen de esto.
Clarisse, que llevaba incluso más años al servicio de los Templeton que Frau Westermann, era perfectamente conocedora del trato cruel y vejatorio que sufría la pequeña, por lo que sintió nacer en su interior un sentimiento de compasión hacia aquella débil criatura.
Será nuestro pequeño secreto —susurró la cocinera. Y le dedicó a la niña una sonrisa cómplice.
La pequeña Eugenia, conmovida, dejó de llorar, se secó las lágrimas y se abrazó a la cocinera.
Desde aquel día Eugenia encontró en Clarisse una aliada, una amiga; la única persona de cuantas conformaban su entorno que mostraba una cierta empatía hacia ella.
Todas las noches, a escondidas, Clarisse proporcionaba a Eugenia su dosis diaria de chocolate. Por desgracia, los efectos de aquella dulce costumbre no tardaron en hacerse visibles.
Cada día que pasaba más trabajo le costaba a Frau Westermann vestir a Eugenia, pues sus ropas parecían encogerse en relación a su anatomía. Los kilos comenzaron a manifestarse de manera alarmante en el contorno de la niña y su rostro comenzó a redondearse hasta parecerse a un muñeco de nieve de carne y hueso.
Los padres de Eugenia, indignados, exigieron a Frau Westermann que pusiese coto a aquel despropósito, bajo amenaza de despido si no hacía bajar de peso a su cada vez más oronda hija.
Frau Westermann, herida en su orgullo, intensificó el ejercicio físico y aumentó su vigilancia sobre la niña, haciendo aún más agobiante si cabe su ya de por sí incómoda presencia.
Pero por más vigilancia y rigor que aplicaba aquella horrible mujer sobre la niña jamás consiguió averiguar el origen de aquel exagerado aumento de peso, pues la buena de Clarisse siempre se las ingeniaba para, sin ser descubierta, seguir suministrando a Eugenia su dosis diaria de chocolate.
El mismo día en que la niña cumplió los once años, y viendo sus padres que seguía engordando sin parar, Frau Westermann fue despedida, para gozo de Eugenia y Clarisse.
Mas poco les duró a ambas la alegría, pues por decisión de sus padres la pequeña Eugenia fue ingresada en un internado.


Desde el mismo día de su ingreso, la leal Clarisse iba a verla entre dos y tres veces por semana y en esos encuentros aprovechaba para seguir suministrando a la pequeña su dosis de chocolate, pues sabía lo mucho que ella apreciaba aquel dulce manjar entre tanta desdicha.
Y es que la pobre Eugenia era la diana de todas las burlas de sus compañeras en el internado. Se reían de ella por lo gorda que estaba. No había día en que no sufriese el rechazo y las más crueles bromas en relación a su más que evidente sobrepeso.
Eres gorda —le decían unas.
Eres fea —le decían otras.
Nadie querrá cargar con una niña tan gorda y tan fea como tú —le auguraban otras.
Estás tan gorda como una de esas huchas con forma de cerdito —se burlaba con exagerada crueldad Lindsey Campbell, una de las cabecillas del grupo de alumnas del internado—. Apuesto lo que quieras a que en la espalda tienes una ranura por donde introducirte las monedas. Come cerdita. Oink, oink, oink —y diciendo esto, todas las niñas se echaban a reír.
Las niñas en el internado se mostraban excesivamente crueles con Eugenia. Pero ella, acostumbrada como estaba a la crueldad sin límites que durante años soportó por parte de su antigua institutriz, había aprendido a construirse un grueso caparazón sobre el que resbalaban las burlas y los insultos que le dedicaban sus compañeras. Así, lejos de convertirse en una amargada, Eugenia creció relativamente feliz, pues halló cobijo entre las páginas de los libros de sus autores favoritos, aquellos que leía a escondidas en sus ratos libres.
Dos días al mes, Eugenia recibía la visita de sus padres. Pero a juzgar por la reacción de ambos en esos encuentros la pequeña habría preferido que no la fuesen a visitar nunca, pues cada vez que iban a verla no cesaban de recriminarle su sobrepeso.
Estás asquerosamente gorda —le decía su padre.
Así nunca vas a encontrar a nadie que quiera casarse contigo —le decía su madre, con hierática frialdad—. ¿Es que no tienes decencia?
Y así una y otra vez.
Día tras día, Eugenia notaba el rechazo de sus compañeras, de sus profesores y hasta de su familia. La única que se mostraba cariñosa y comprensiva con ella era Clarisse, la única persona en el mundo a la que podía considerar su amiga.
Los años pasaron, los abuelos fueron muriendo uno tras otro y Eugenia seguía viviendo encerrada en aquel internado rodeada de inhumanidad. Los únicos momentos en que Eugenia podía sentir algo parecido a la felicidad era cuando leía o cuando recibía la visita de su amiga Clarisse, quien jamás faltó a una sola de sus citas con la pequeña.
Eugenia Templeton permaneció ingresada en aquel internado hasta cumplir los diecinueve años de edad.
Una fría mañana de noviembre Eugenia fue requerida por la directora Chambers. Al entrar en el despacho, Eugenia observó que una de las sillas dispuestas ante la mesa de la directora la ocupaba un hombrecillo que llevaba una cartera de cuero negro dispuesta sobre sus muslos.
Siéntese, señorita Templeton —ordenó la directora Chambers en un tono de voz autoritario y deshumanizado.
Eugenia se sentó en la única silla que quedaba libre.
Señorita Templeton, le presento al señor Hoskins. Vamos, salude —instó la directora Chambers.
Buenos días, señor Hoskins —dijo Eugenia con un hilillo de voz que delataba su marcada timidez.
El señor Hoskins es uno de los abogados de sus padres, señorita Templeton, y tiene algo muy importante que comunicarle —apuntó la directora Chambers—. Adelante, señor Hoskins.
Aquel hombre enjuto, de rostro pálido y cadavérico, se ajustó las lentes antes de pronunciar sus primeras palabras.
Señorita Templeton, me temo que soy portador de malas noticias para usted. Verá, sus padres, Patrick y Emma Templeton, han fallecido en un accidente de automóvil ocurrido hace dos días a las afueras de...
A partir de aquí Eugenia Templeton dejó de escuchar la voz sin alma de aquel insignificante hombrecillo. Su mente divagaba entre pensamientos desordenados. Sus sentimientos eran confusos. No sabía si aquella noticia le causaba tristeza o paz. Sí, se trataba de sus padres, pero apenas había tenido trato con ellos, y el amor y el afecto se alimentan de roce y trato, algo que ella no había tenido con aquellos seres que consideraba poco menos que perfectos extraños. Tampoco ayudaba el hecho de que ni uno ni otro hubiesen mostrado jamás el más mínimo gesto de amor o cariño hacia ella. Al contrario, su trato siempre fue frío e impersonal, como si en vez de una hija se tratase de una más de sus empleadas.
Señorita Templeton, ¿me ha oído usted? —dijo el señor Hoskins al advertir que Eugenia no reaccionaba.
Sí. Disculpe —dijo Eugenia volviendo al presente.
En vista de los hechos, es mi deber informarle que es usted la heredera universal de todos los bienes y obligaciones de la familia Templeton.

Eugenia Templeton heredó una considerable fortuna. Siendo mayor de edad podía hacer uso de la herencia de la manera que estimase más oportuna.
Lo primero que hizo Eugenia fue abandonar el internado. Después de eso vendió todas las propiedades, incluido el bufete de sus padres. Con el dinero que obtuvo de aquellas ventas contrató a su amiga Clarisse y compró una enorme mansión de cuatro plantas edificada en mitad de un frondoso bosque.
Eugenia contrató a los mejores ingenieros, paisajistas y jardineros e hizo construir en los alrededores de la mansión un suntuoso jardín japonés protegido por una kilométrica valla. Su intención era la de aislar en lo posible aquel jardín del exterior, como si con ello pretendiese crear un mundo aparte, un lugar destinado a la relajación, a la serenidad de espíritu y a la confluencia con la naturaleza.


Hizo traer numerosas rocas y piedras de todos los tamaños, colores y texturas imaginables, que luego ordenó colocar en armónico orden con el entorno.
Para realzar aún más la belleza de aquel personal Edén, Eugenia adquirió toneladas de arena y grava blanca que los operarios esparcieron minuciosamente por los rincones de aquel suntuoso jardín rodeado de césped natural y hermosas y exóticas plantas.
Para rematar la decoración de aquel mágico lugar, Eugenia Templeton hizo colocar centenares de farolillos, puentecillos, pasajes de madera y miradores, e hizo construir a lo largo y ancho del recinto hermosos riachuelos y lagos artificiales.
Por último, Eugenia se gastó una auténtica fortuna en traer directamente del Japón la más variada colección de peces de colores que jamás se hubiese visto por aquellos lares.
Cuando al fin lo hubo dispuesto todo, Eugenia contrató a un magnífico equipo de jóvenes nodrizas a las que ella misma se encargó de entrevistar personalmente. Todas las aspirantes debían tener como único requisito imprescindible un carácter tierno y dulce, además de mostrar amor y veneración por los niños. Para completar el personal a su servicio Eugenia Templeton contrató los servicios del mejor equipo de pediatras y enfermeras que el dinero pudiese conseguir, mientras que delegó en su amiga Clarisse la contratación de las cocineras y sus ayudantes, además de encargarle la adquisición de la equipación de cocina a su gusto, sin límite de presupuesto.
Concluido el proyecto, Eugenia abrió las puertas de lo que ella llamó «un hogar para los niños sin hogar». Hasta allí comenzaron a llegar niños procedentes de todos los hospicios del país, de toda edad y condición, pues Eugenia consideraba que todo niño merecía tener una infancia feliz y dichosa.
Eugenia Templeton vivió muchos años rodeada de niños y a todos ellos les dio todo el amor que llevaba años atesorando en el fondo de su corazón.
La víspera de Navidad de 1976, a la edad de sesenta y tres años, Eugenia Templeton sufrió un infarto y murió mientras dormía plácidamente en su cama. A la mañana siguiente fue su amiga Clarisse quien la encontró dormidita en la cama, como un ángel dulce y bondadoso que hubiese decidido desplegar sus alas y volar alto, tan alto como el sol y las estrellas, dejando tras de sí una estela de amor y fraternidad.
Feliz viaje, mi niña —dijo Clarisse ahogada por la tristeza. Sus lágrimas resbalaban por su arrugado rostro sin poder ni querer evitarlo.
El día después de su muerte, Navidad, se organizó una bonita fiesta, con música y atracciones de todo tipo, para honrar la memoria de Eugenia Templeton, cumpliendo así los deseos que ella misma había dejado estipulado en su testamento; quería que todos la recordasen con una sonrisa y no con tristeza.
Eugenia había dispuesto con sus abogados que tras su muerte todos sus bienes fuesen administrados por Clarisse, pues sabedora del inmenso corazón y bondad sin límites que atesoraba la única y verdadera amiga que había tenido a lo largo de su vida, consideraba que no había en el mundo nadie mejor que ella para hacerse cargo de todo.
Cuando a Eugenia se le practicó la autopsia se descubrió algo que dejó perplejos a propios y extraños. Los médicos no daban crédito a aquel extraordinario suceso, pues nunca antes se había dado un fenómeno semejante en un ser vivo.
Según la autopsia, el corazón de Eugenia Templeton estaba hecho enteramente de chocolate. Sí, habéis leído bien, el corazón de Eugenia estaba hecho de dulce y refinado chocolate.
Cuando su amiga Clarisse fue informada de este hecho, esbozó una leve sonrisa y, con los ojos bañados en lágrimas, exclamó:
Mi preciosa niña. Era tan dulce que su corazón acabó transformándose en el más dulce de todos.





martes, 19 de diciembre de 2017

UN LARGO VIAJE (Parte 3 y definitiva)




Para leer la primera parte pinchar aquí
Para leer la segunda parte pinchar aquí



         Hace poco respondía a un comentario que mi buen amigo Josep MªPanadés, autor de Irreal como la vida misma, había dejado en mi blog a propósito del talento. En mi respuesta le comentaba que hace tiempo leí que el talento en cualquier disciplina artística es un 10%, y que el 90% restante es trabajo duro.
Lo creo. No sé si en esos porcentajes —supongo que dependerá de cada artista—, pero sí en el planteamiento general. Y lo creo porque soy de los que piensan que el talento si no se trabaja no sirve de nada.
El talento, tal y como yo lo veo, es como un montón de arcilla dispuesto sobre una mesa. El artista verá en ese montón deforme una futura obra, pero para ello deberá moldear la arcilla, trabajarla, darle forma.
Esto me trae a la memoria la célebre frase de Miguel Ángel (Michelangelo Buonarroti, 1475-1564), el famoso arquitecto, escultor y pintor italiano renacentista. En cierta ocasión le preguntaron cómo podía hacer aquellas esculturas tan bellas de un simple trozo de mármol, a lo que él respondió: «Simplemente retirando lo que sobra».
Exactamente así se construyen las obras literarias: escribiendo mucho para acabar «retirando lo que sobra».
En cuanto a la pregunta de si uno nace con talento o si el talento se adquiere con el tiempo, aún no lo tengo claro. Pero, por mi experiencia, sí que puedo decir que...
¡Jo, qué plasta!
¿Perdona?
Digo que eres un plasta, Pedrín.
¿Y eso? ¿A qué viene?
Pues viene a que llevas dos semanas dando la barrila con lo bien que escribes; que si eso es porque empezaste hace la tira de años, que si dibujas guay, que si eres un tío estupendo y maravilloso...
Un momento. En ningún momento he dicho que soy un tío estupendo y maravilloso.
Pues leyéndote es lo que das a entender.
¿Y no crees que soy un buen tío?
Psé. Normal. Ni bueno ni malo. Aunque eres un poco plasta, la verdad.
¿Plasta? Porque tú lo digas.
Yo soy la voz de los sin voz.
Adiós, Che Guevara.
Pues mira, sí. Soy el Che Guevara de los blogs.
¿En serio?
Totalmente.
Y dime, Che Guevara de los blogs. ¿También quieres acabar como él?
¿Te refieres con mi cara estampada en un montón de posters y camisetas molonas?
Pero mira que eres burro. ¿A eso reduces el movimiento revolucionario? ¿A un montón de posters y camisetas molonas?
Ya lo dijo Zappa: «El comunismo no funciona porque a la gente le encanta poseer porquerías».
¡Lavate la boca cuando hables de Zappa, maldito blog del demonio!
¡Eh, tío, no te equivoques! Que yo también admiro a Frank, ¿ok? Zappa sí que era un revolucionario, y un genio, y no como esos fatigas que se pasan todo el santo día dando lecciones de todo tipo e intentando convencernos de que ellos son la solución a los problemas que aquejan a la sociedad y tal y cual y Pascual.
Da la sensación de que no te van mucho los líderes revolucionarios.
Son más falsos que una moneda de chocolate. O un bitcoin.
A ver si al final vas a ser más inteligente de lo que creía...
¡Pues claro que soy más inteligente de lo que crees! ¡Y mucho más culto de lo que me presupones, cabeza de melón! Aunque no te lo creas yo leo mucho. De hecho, me paso la mitad del tiempo leyendo.
¿Y qué haces con la otra mitad?
Ver webs de tías en pelotas.
La culpa es mía por preguntar...
Hablando de lecturas, ¿qué tal va tu novela?
La acabé.
¡Venga ya! ¿En serio?
Sí. Hace un par de días coloqué el FIN, al fin, valga la redundancia. Ahora quiero dejar pasar un tiempo para leerla con otros ojos y hacer las últimas correcciones, si fuese necesario. Llevo prácticamente un año trabajando en ella a destajo, y necesito distanciarme para verla en perspectiva. Es mi procedimiento habitual.
¿Puedo leer algo?
Aún no. Hasta que no la considere definitiva no pienso mostrar nada a nadie.
¿Y qué más proyectos tienes entre manos?
Llevo un tiempo trabajando en algo especial.
¿Para el blog?
Sí.
Huy, ¡qué bien! ¿Y de qué se trata?
Quiero que sea una sorpresa. Confío en tenerlo listo en estos días, para subirlo el día 25.
Vaya, parece que no paras de crear.
Son rachas. Todo el que escribe sabe de qué va esto. Unas veces no se te ocurre nada y otras no paran de venirte ideas. Lo importante es no desesperar y confiar en tu instinto.
Pues, ¿sabes qué? Me alegro de tu buena racha. Eres buen escritor. En serio.
¡Pero mira que eres falso! ¿No decías al inicio de esta conversación que estabas harto de mi supuesto «autobombo»?
Parece mentira que aún no me conozcas. Eso era para picarte, bobo. ¿No ves que me aburro como una ostra en el tiempo que no publicas? Por eso te pico un poco, para que escribas más material con el que nutrirme y hacer que la gente nos visite. Me encanta cuando la gente nos visita, y nos lee. Y no te digo nada cuándo nos dejan algún comentario. Ahí entro en éxtasis.
No sé yo si creerte...
Que sí, tío. Que no soy tan mal blog después de todo.
Te concederé el beneficio de la duda.
¡Menudo beneficio! ¿Y porqué no te enrollas y me ingresas algo de pasta en mi cuenta corriente?
No te pases.
Era broma, tío. Venga, no te mosquees. Ains.




miércoles, 13 de diciembre de 2017

UN LARGO VIAJE (Parte 2)


Un día, trabajando fuera de horas en la oficina, me vino una pequeña historia a la cabeza; el inicio en realidad. La cosa es que aquel inicio era tan prometedor que dejé lo que estaba haciendo, abrí el procesador de textos, y empecé a transcribir lo que mi cerebro pergeñaba.
En poco más de media hora ya tenía media historia escrita. Lo más curioso de todo era que aquella historia me tenía tan enganchado que yo mismo apremiaba a mi cerebro con preguntas tipo: «Vale, esto es genial, ¿qué ocurre ahora? ¿Dónde va ese personaje? ¿Qué va a hacer a partir de aquí?». O sea, que mi parte lectora se había enganchado a lo que mi parte creativa estaba creando. Qué cosas.
       Lo cierto es que en poco más de una hora tenía un esbozo más o menos definido de la historia: con principio, nudo y un posible final.
Aquella experiencia fue una de las más alucinantes que había tenido en toda mi vida. Había sacado una historia de la nada, sin proponérmelo siquiera, como si hubiese llegado a mí desde algún remoto lugar de origen desconocido, se me hubiese metido en el cerebro y alguien me la estuviese dictando para que yo la escribiese.
Insisto: aquello fue realmente alucinante.
Aquella experiencia había sido tan gratificante que, a partir de aquí, comencé a sentir la necesidad de escribir mis historias de una manera más «literaria», ya que hasta entonces lo único que había hecho era escribir pequeñas ideas o frases que sirviesen de base para mis dibujos o cómics.
Desde mis tiempos de estudiante —hace siglos de eso— he tenido la sana —o insana— costumbre de llenar libretas con pequeñas ideas, frases, esbozos, dibujos, etc.
También aprovechaba las agendas que me regalaban en el trabajo, o las que me regalaban mis familiares, para llenarlas con mis mierdas. Por llenar que no quede, ¿no?

Estas son algunas de las libretas con apuntes que aún conservo (1990-1997)
Algunas de las chorradas que contienen esas libretas
(abajo del todo se puede ver la fecha: Septiembre de 1997)

Este es otro de los cómics que hice y que aún conservo. Año 1991.


Así que, en poco más de un año, ya tenía material suficiente como para conformar una primera antología.
En 1996 llevé al Registro de la Propiedad Intelectual mi primera colección de relatos. En apenas 73 folios desplegaba todo mi arsenal literario de entonces —algunos relatos, un par de piezas teatrales, diversos ensayos de corte humorístico y una pequeña colección de aforismos—.

Mi primera colección de relatos que registré en 1996. Nótese el nombre de la editorial ficticia que me inventé para la ocasión: EDITORIAL SINGUITA (en Canarias, por aquellos años, "sin guita" significaba "sin dinero"). Desde luego, el sentido del humor me acompaña como la Fuerza a Luke Skywalker: desde siempre.

Algunas de esas piezas sirvieron de base a algunos de los cuentos y relatos que años más tarde aparecerían en algunos de mis libros de la colección ABSURDAMENTE, como, por ejemplo, Diario de un taxista en Nueva York, Pues sí que estaba oscuro o Ralph el plasta; eso sí, las versiones que acabaron en los libros están mucho más trabajadas, todas ellas fueron ampliadas y desde luego mejoradas (habían pasado casi veinte años desde que las escribiese por primera vez).
Hoy, al leer algunas de esas primeras piezas y compararlas con las cosas que escribo actualmente noto esa evolución en mis letras.
Han pasado veintitantos años desde entonces, y eso se nota. Y mejor que se note. Eso significa que he mejorado, que he adquirido experiencia y ganado en oficio. Porque escribir, además de un arte, es un trabajo que requiere de mucho esfuerzo y dedicación si pretendes vivir de ello.
Y para hacerlo bien —lo de escribir— debes leer mucho, y aprender cómo lo hicieron otros hasta encontrar tu propio estilo, tu propia voz.
Y es que los escritores, o los aspirantes a serlo —aún no tengo muy claro cuándo alguien debe considerarse a sí mismo escritor— somos la suma de nuestras lecturas. Cuantos más libros de otros autores nos vayamos echando a la espalda, más rica y amplia se irá haciendo nuestra visión literaria.
Aprenderás casi sin darte cuenta, de los libros buenos y también de los malos. De los libros buenos aprenderás lo que debes hacer para mejorar tus escritos, y de los libros malos aprenderás lo que debes evitar para no caer en los mismos errores que sus autores. Lo de valorar si un libro es bueno o malo o si un autor es bueno o malo lo dejo en manos de cada uno. Cada cual tiene sus gustos y sus preferencias y busca cosas distintas en los libros, de ahí que no haya una misma respuesta a la pregunta de si un libro es bueno o malo; dependerá siempre de tu percepción como lector.
Esto no quita para que, como autores, opinemos sobre lo que nos parece tal o cual libro o tal o cual autor. Porque si hay algo que nos enseña el leer mucho es a ir construyendo un criterio propio, y a tener cada vez más claro qué nos gusta y qué no.

La próxima semana cerraré este breve repaso a mis orígenes en esto de la escritura con un último post.


Este dibujo (copiado de la portada del "Somewhere in time" de Iron Maiden) lo hice en 1987 con una caja de rotuladores Carioca de seis colores. De los pocos dibujos que aún conservo. Lástima no haber conservado más cosas de las que hacía entonces. Pero el espacio es limitado, y la paciencia de mis padres finita. ; )



sábado, 9 de diciembre de 2017

UN LARGO VIAJE (Parte 1)


Hace unos días Ana Palacios, administradora del blog Cuenta conmigo, me decía en un correo que le gustaba mucho mi forma de escribir y me preguntaba cómo había aprendido a escribir del modo en que lo hacía.
Lo primero que hice fue agradecerle el cumplido. Como diría el rey emérito: «Me llena de orgullo y satisfacción saber que mi trabajo es valorado y apreciado».
Lo siguiente que hice fue echar la vista atrás, a mis inicios en esto de la escritura.
Todo aprendizaje requiere de un largo proceso, repleto de etapas, con sus dudas y certezas.
Mi viaje comenzó hace unos cuantos años.
Hagamos un viaje atrás en el tiempo, hasta 1991.
He de decir que la mía fue una vocación tardía. No empecé a trabajar en serio mis textos hasta los veintitrés o veinticuatro años. Hasta entonces me limitaba a dibujar cómics y chistes ilustrados. Incluso en 1991 me llegué a presentar a un concurso de cómics que organizaba el Cabildo de Gran Canaria. Quedé tercero. Algún día contaré porqué se me quedó cara de gilipollas en la gala de entrega de premios por culpa de un malentendido.

Detalle de un par de páginas del cómic que presenté a concurso en 1991

A los veinte años yo no era el lector que soy ahora. Ni de lejos. Era más lector de cómics que de libros. Devoraba cualquier cómic que cayese en mis manos (El Víbora, CIMOC, Metal Hurlant, El Jueves, Moebius, etc).
Supongo que de ahí me viene esa obsesión por contar historias y mantener un determinado ritmo narrativo, centrándome en lo que quiero contar y evitando aburrir al lector con detalles innecesarios. A veces, menos es más (este es un concepto únicamente aplicable al arte, y en modo alguno aplicable a los sueldos ni a las pensiones, donde menos es siempre menos. Por desgracia).

Un día, a mediados de los noventa, compré mi primer libro en un estanco que había en la misma calle de las oficinas donde yo trabajaba de administrativo. Aquel primer libro fue El sombrero de tres picos, de Pedro Antonio de Alarcón. Me gustó tanto aquel libro que despertó en mí un inusitado interés por la lectura.

Este fue el primer libro que compré. Aún forma parte de mi biblioteca personal.

Aprovechando que justo por aquellos días la editorial RBA acababa de lanzar al mercado una colección de grandes autores contemporáneos en edición bolsillo, decidí hacer la colección. Entre aquellos libros y autores se encontraban Ernest Hemingway (El viejo y el mar y Las nieves del Kilimanjaro), Arturo Pérez-Reverte (El club Dumas y El maestro de esgrima), Milan Kundera (El libro de los amores ridículos), Gabriel García Márzquez (Crónica de una muerte anunciada, Cien años de soledad, El otoño del patriarca), Isabel Allende (Los cuentos de Eva Luna, La casa de los espíritus), George Orwell (Rebelión en la granja), etc.

Estos son algunos de los títulos que aún conservo de 
aquella colección de clásicos que RBA editó allá por 1995.

Recuerdo que cada semana salía un nuevo libro de la colección, y que mis lecturas se iban solapando unas con otras, ya que mi tiempo por aquel entonces era bastante limitado (además de trabajar, estudiaba por las noches).
Aunque con el tiempo llegué a regalar algunos de aquellos libros (los que no me gustaban -el dichoso Ulises de Joyce entre ellos-), aún conservo una veintena de ellos. Le tengo mucho cariño a esa colección, ya que fue el inicio de una afición que ya no me abandonaría jamás, y que, con el tiempo, acabaría germinando en mí la necesidad de contar mis propias historias.

(continuará...)


El inicio de una afición